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En una reciente entrevista, Roberto Fernández, nuevo presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE), repasaba de forma sincera algunos de los retos que a su juicio deben replantear las universidades españolas.

Una de las grandes dificultades que atraviesa la universidad española es sin duda la falta de financiación pública. El mismo Fernández reconocía que las universidades están manteniendo el listón alto gracias a que las familias están pagando más y a que los profesores están dando más horas de clase y haciendo menos investigación.

Además de la falta de financiación, uno de los principales desafíos para la CRUE es conseguir aumentar las plantillas departamentales y dar solución a la situación actual de los profesores asociados, cuya figura profesional ha sido desvirtuada en los últimos años por la disminución drástica de plazas tanto de profesor ayudante doctor como de contratado doctor, lo que ha llevado a una precarización del profesorado joven y un incremento en el abandono de la carrera investigadora. A este respecto, es importante recordar que en el periodo 2010-2017 las universidades españolas solo han podido reponer, por ley, entre un 0 % y un 10 % de los profesores que se han jubilado. Y mientras tanto, seguimos sin un plan de empleabilidad global para ese número creciente de doctores que ya se han dado cuenta de que no podrán cumplir su sueño de convertirse en profesores universitarios y que carecen de la información necesaria para adentrarse en carreras alternativas al mundo académico.

Tendremos que esperar algún tiempo para ver si la tan ansiada aparición de un debate serio sobre el reajuste entre experiencia  académica y empleabilidad se convierte en otro de los retos para la nueva presidencia de la CRUE.

Curiosamente, de entre las declaraciones de Fernández, la que más ha dado que hablar en redes sociales ha sido su respuesta a la pregunta sobre endogamia universitaria. Entre otros comentarios acertados, el presidente de la CRUE comentaba: “¿Cómo no voy a ser endogámico con la gente buena? Si tengo a Messi, ¿lo dejo que se vaya a la Carlos III? Eso no lo hace ninguna universidad americana”.

Pues bien, más allá de la crítica obvia a la comparación de Messi con la media curricular de los contratados “endogámicos”, el comentario sobre las universidades americanas es lo que veo más preocupante. ¿Por qué? Pues simplemente porque muestra una convicción académica latente, y muy negativa, que puede que no se corresponda con la realidad. Me explico: en las universidades americanas (al menos en las que yo he trabajado) me he encontrado por norma con investigadores de prestigio cuya tasa de éxito estaba relacionada con su producción científica. ¡Pero no solo con su producción científica!. Estos investigadores de prestigio, que suelen ser ambiciosos y tener un cierto ego positivo, son al fin y al cabo personas, y además personas inteligentes. Personas que saben que su vida profesional tiene fecha de caducidad, y que más allá del número de artículos que consigan publicar o los reconocimientos que reciban en vida, sienten que dejar discípulos que sepan continuar y diversificar su legado científico es probablemente más importante que cualquier otra cosa que puedan plantearse a nivel profesional y científico.

¿Y para eso es mejor o peor ser endogámico? La respuesta es clara (al menos la que yo he conocido en EE.UU.): La endogamia es mala. Es negativa. Es siempre peor. Es contraproducente, castiga al discípulo, y dificulta su progreso y su libertad profesional. Podríamos ponernos a debatir sobre la definición de endogamia y sus subtipos, que los hay, pero eso lo dejo para otro post. Y ok, hay excepciones. Pero la idea que intento transmitir es en realidad más simple.

Nos cuesta un mundo ponernos en lugar de nuestros discípulos, apoyarles y ofrecerles una proyección en sus carreras que estén alejadas de nosotros mismos. Y no digo esto como crítica, pues entiendo las palabras del presidente de la CRUE, y comparto la idea de que debemos aspirar a rodearnos de los mejores para alcanzar metas más altas. Pero por encima de todo eso, creo en un sistema universitario que tenga como prioridad orientar a su gente joven y que sepa mostrar desinteresadamente los mil caminos que podemos elegir a nivel profesional, dentro y fuera de nuestra propia universidad. ¡Y dentro y fuera del mundo académico!

El Newell´s Old Boys tuvo a Messi, pero dejó que volara a otro continente. Si tú fueras argentino y de Rosario, ¿dejarías que lo fichara el Barça? ¿O preferirías ser endogámico y quedártelo?

 

 

 

Que la ciencia ha cambiado en el último lustro no es ningún secreto… Muchos de nosotros envidiamos con nostalgia y resignación lo que debió de ser la ciencia hace años; aquella ciencia de héroes que amaban el misterio de descubrir y que vivían su pasión por la investigación en un mundo que aún no estaba preparado para seguirles.

Hoy por hoy la ciencia ya no es tan misteriosa. Ya está por todos lados, impregnando nuestro día a día, lo queramos o no. La ciencia ya es parte de nuestra propia sociedad y ocupa un lugar privilegiado en la escala de valores de los ciudadanos. Sin embargo, y sorprendentemente, los investigadores, los líderes de nuestra ciencia actual, suelen vivir su pasión por descubrir al margen de una sociedad que ya decidió hace tiempo qué camino seguir. No hay más que acercarse a la universidad para ver que la ciencia sigue su curso. Y no hay más que salir de ella para percatarse de que la sociedad también lo hace.

Alumno en prácticas, doctorando, investigador postdoctoral, jefe de grupo: todos comparten su amor por la ciencia y una curiosidad innata que imposibilita no seguir aprendiendo cada día. Pero nuestra sociedad no necesita aprendices, sino ejecutores, personas que cubran necesidades y resuelvan problemas. Y en medio de esta realidad se encuentran los que deciden realizar una tesis doctoral. Un doctor, un PhD, es y será un eterno aprendiz, ese héroe silencioso que ama el misterio de descubrir, descubrir y seguir descubriendo. ¿Qué lugar tiene ese aprendiz dentro de nuestra sociedad?

En nuestro sistema académico tradicional el doctorando siempre ha sido un estudiante; un aspirante a investigador que va aprendiendo a trompicones los entresijos de la ciencia, los más minúsculos detalles de su campo de conocimiento y de las técnicas utilizadas para validar sus hipótesis. Lo que nunca nadie, o casi nadie, le cuenta al doctorando es que además de todo eso, está acumulando un número genial de habilidades transversales que la sociedad de ahí afuera necesita. Capacidad de análisis y resolución de problemas, gestión y organización de proyectos, capacidad de trabajo y autogestión, habilidades para la comunicación escrita y oral, … Todo eso está ya ahí, y en muchos casos son competencias directamente aplicables a cualquier trabajo fuera del ámbito académico. ¿Por qué no aplicar entonces todas esas habilidades, que tanto sacrificio y esfuerzo han costado obtener, a otra situación laboral dentro de esa sociedad que sigue su curso?

Posiblemente una de las causas es el miedo al fracaso que inculca la cultura académica; miope, añeja y unidireccional. Quizá es la cautela y la falta de oportunidades en el mundo empresarial. Ahora, lo que es seguro, es que no nos equivocamos si señalamos la falta de información que sufren los jóvenes investigadores durante su formación como una de las causas principales de la bajísima presencia de doctores en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Un investigador predoctoral puede fácilmente terminar una tesis de varios años sin haber visto ni oído un solo modelo a seguir fuera del ámbito académico. Y eso es no vivir en el mundo, vivir a espaldas de tu propia sociedad.

Necesitamos el impulso de nuestras instituciones académicas para animar a nuestros jóvenes investigadores a encontrar su verdadera carrera profesional, esté donde esté. Basta ya de nostalgia y resignación. Abrámosles los ojos y dejemos que caminen su camino, que innoven y aprendan la belleza de la libertad y el derecho a emprender, a elegir y a liderar. Necesitamos inspiración, consejo y, sobre todo, combatir el miedo que se gesta y magnifica a partir de la falta de información. Seamos valientes y demostrémosles a nuestros doctores que más allá del mundo académico hay una sociedad que los necesita.

Manuel Castellano Muñoz

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