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Que la ciencia ha cambiado en el último lustro no es ningún secreto… Muchos de nosotros envidiamos con nostalgia y resignación lo que debió de ser la ciencia hace años; aquella ciencia de héroes que amaban el misterio de descubrir y que vivían su pasión por la investigación en un mundo que aún no estaba preparado para seguirles.

Hoy por hoy la ciencia ya no es tan misteriosa. Ya está por todos lados, impregnando nuestro día a día, lo queramos o no. La ciencia ya es parte de nuestra propia sociedad y ocupa un lugar privilegiado en la escala de valores de los ciudadanos. Sin embargo, y sorprendentemente, los investigadores, los líderes de nuestra ciencia actual, suelen vivir su pasión por descubrir al margen de una sociedad que ya decidió hace tiempo qué camino seguir. No hay más que acercarse a la universidad para ver que la ciencia sigue su curso. Y no hay más que salir de ella para percatarse de que la sociedad también lo hace.

Alumno en prácticas, doctorando, investigador postdoctoral, jefe de grupo: todos comparten su amor por la ciencia y una curiosidad innata que imposibilita no seguir aprendiendo cada día. Pero nuestra sociedad no necesita aprendices, sino ejecutores, personas que cubran necesidades y resuelvan problemas. Y en medio de esta realidad se encuentran los que deciden realizar una tesis doctoral. Un doctor, un PhD, es y será un eterno aprendiz, ese héroe silencioso que ama el misterio de descubrir, descubrir y seguir descubriendo. ¿Qué lugar tiene ese aprendiz dentro de nuestra sociedad?

En nuestro sistema académico tradicional el doctorando siempre ha sido un estudiante; un aspirante a investigador que va aprendiendo a trompicones los entresijos de la ciencia, los más minúsculos detalles de su campo de conocimiento y de las técnicas utilizadas para validar sus hipótesis. Lo que nunca nadie, o casi nadie, le cuenta al doctorando es que además de todo eso, está acumulando un número genial de habilidades transversales que la sociedad de ahí afuera necesita. Capacidad de análisis y resolución de problemas, gestión y organización de proyectos, capacidad de trabajo y autogestión, habilidades para la comunicación escrita y oral, … Todo eso está ya ahí, y en muchos casos son competencias directamente aplicables a cualquier trabajo fuera del ámbito académico. ¿Por qué no aplicar entonces todas esas habilidades, que tanto sacrificio y esfuerzo han costado obtener, a otra situación laboral dentro de esa sociedad que sigue su curso?

Posiblemente una de las causas es el miedo al fracaso que inculca la cultura académica; miope, añeja y unidireccional. Quizá es la cautela y la falta de oportunidades en el mundo empresarial. Ahora, lo que es seguro, es que no nos equivocamos si señalamos la falta de información que sufren los jóvenes investigadores durante su formación como una de las causas principales de la bajísima presencia de doctores en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Un investigador predoctoral puede fácilmente terminar una tesis de varios años sin haber visto ni oído un solo modelo a seguir fuera del ámbito académico. Y eso es no vivir en el mundo, vivir a espaldas de tu propia sociedad.

Necesitamos el impulso de nuestras instituciones académicas para animar a nuestros jóvenes investigadores a encontrar su verdadera carrera profesional, esté donde esté. Basta ya de nostalgia y resignación. Abrámosles los ojos y dejemos que caminen su camino, que innoven y aprendan la belleza de la libertad y el derecho a emprender, a elegir y a liderar. Necesitamos inspiración, consejo y, sobre todo, combatir el miedo que se gesta y magnifica a partir de la falta de información. Seamos valientes y demostrémosles a nuestros doctores que más allá del mundo académico hay una sociedad que los necesita.

Manuel Castellano Muñoz

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