Hoy es el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.

Si soy sincero, hasta hace pocos años era un día que, para mí, como para muchos, pasaba desapercibido. Pero el mundo está cambiando, y para bien. En ciencia comienza a hablarse de temas que antes directamente ni se mencionaban. Y eso está bien. Para solucionar un problema, primero hay que reconocerlo como problema. Y ese es el caso del papel de la mujer en la ciencia.

Hace tres años, gracias a la maravillosa labor divulgadora de mi amiga Julia Herrero, conocí la existencia del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia y posteriormente la aparición de la iniciativa #11F . Este movimiento ha estado creciendo paulatinamente ayudando a visibilizar el trabajo de mujeres científicas en muchos ámbitos, dando a conocer (con la normalidad que merece) roles femeninos de la ciencia y la ingeniería, y promoviendo prácticas que favorezcan la igualdad de género en el ámbito científico.

Y hoy, echando la vista atrás, me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado mi percepción de este tema en el último lustro. Y no precisamente por mi propia percepción, sino más bien porque ha pasado de ser algo casi tabú, a ser un movimiento real y presente en nuestro día a día. Un movimiento que ha venido para quedarse, y para evolucionar.

De hecho, no es solo algo que estemos sintiendo poco a poco más nuestro. Es algo a lo que además nos obligan a prestar más atención si no tenemos la sensibilidad necesaria para verlo como algo necesario. ¿A qué me refiero? Ya el año pasado, siendo evaluador de las Acciones Marie Sklodowska Curie, dentro del Horizonte2020, pude comprobar cómo obtenían puntos determinantes en las evaluaciones los equipos que presentaban proyectos que, además de decir que iban a fomentar la igualdad de género, eran capaces de demostrar que ya habían realizado acciones en esa dirección.

A mí me sobran dedos de una mano para contar los casos de parejas de amigos científicos en los que el hombre siguió a su pareja en pos del éxito profesional de su mujer. Y, sin embargo, me faltan dedos para contar el caso opuesto. ¿Es casualidad? Quizá no… bueno, casi seguro que no. Como nos cuentan Jose A. Pérez Ledo  y Juan Ignacio Pérez en el Cuaderno de Cultura Científica, “no es una percepción”.

Existen numerosos estudios que demuestran que ser mujer representa una desventaja real para el éxito en la carrera profesional en ciencia, tecnología, ingeniería o matemáticas (STEM). De hecho, los informes del CSIC, del MICINN y la Comisión Europea demuestran que en nuestro entorno, aunque el porcentaje de mujeres en los estudios de grado y doctorado es algo superior al de hombres, la presencia de mujeres se desploma en niveles de alta responsabilidad y reconocimiento académico.

En mi caso, yo trabajo diariamente con investigadores, precisamente abriendo horizontes profesionales más allá del mundo académico. ¿Y yo? ¿Noto más presencia de mujeres interesadas en dejar el mundo académico? La respuesta es “sí”. Haciendo cuentas veo que tres de cada cuatro personas que se han acercado a Carreras Científicas Alternativas son mujeres. Puede no significar nada, pero cada vez tengo más claro que la vida académica es menos atractiva para las mujeres pasado el periodo de la tesis doctoral. Cuando les pregunto a mis clientes cuál es la razón por la que hay más mujeres dejando la carrera académica, la respuesta es unánime: la imposibilidad de tener una conciliación familiar satisfactoria. ¿Se puede conseguir esa conciliación familiar en el entorno académico? ¿Tenemos modelos a seguir alrededor que lo hayan conseguido?

Como dice Lydia Gil en sus fantásticas conversaciones con mujeres divulgadoras, “los estudios que analizan la falta de referentes femeninos siempre concluyen de la misma forma: las niñas no pueden convertirse en aquello que no pueden ver. Y no es algo que solo ocurra en el mundo científico, sino en cualquier otro ámbito.

Necesitamos modelos a seguir. No solo un modelo, sino muchos. Modelos diversos con los que las mujeres jóvenes puedan identificarse. Modelos, hombres y mujeres, que nos muestren que las cosas no se tienen por qué hacer de una sola manera, y menos, “porque siempre se hizo así”.

¿Y por qué es tan importante tener esos modelos a seguir? Pues porque si no mostramos al mundo que hay científicos, nos acabaremos quedando sin científicos.

Y si no mostramos al mundo que hay científicas, nos quedaremos sin científicas.

¿Y queremos un mundo sin científicas? ¡Yo no!

 

Manolo Castellano